Epidural.

Epidural.

Si hubo una protagonista en mi parto, además de Alicia :), para mi, fue la anestesista. Una gran mujer que consiguió que mi parto me fuera menos doloroso a pesar de los deseos de mi médico, que desde el principio se opuso a que recibiera la epidural desde el primer momento. Hizo un trabajo impecable, calibrando mi peso y la cantidad suministrada de anestesia para procurar que siguiera el parto de forma activa. Y por lo que me explicó cada vez que repetía una dosis, no era fácil conseguirlo.

Viendo que la gente del equipo médico tardó en llamarla 40 minutos, la segunda vez que la necesité,(lo sé porque me quejé a ella por lo tarde que había venido: “Doctora, ¿dónde se había metido? Hace 40 minutos que la he llamado. _ Me acaban de avisar”) decidió quedarse hasta el final del parto fuera de la sala de dilatación. Lo que agradecí un montón, porque la tercera vez salió de detrás de la cortina, después de oir como me quejaba a mi marido ( “Esto no funciona, la doctora me ha puesto una dosis menor”). Y es que el equipo que me atendía no movía un sólo dedo sin que mi médico lo autorizara.

Pero yo soy poco espartana para aguantar el dolor y sin la epidural no hubiera aguantado un parto vaginal. Después del parto me un pediatra me explicó, que los niños que nacían con epidural presentaban un mayor volumen por la cantidad de suero que se había suministrado a la madre. Al principio no le dí mucha importancia pero cuando nos dijeron que Alicia había sufrido algún daño al pasar por el canal del parto, me sentí fatal.

Creo que falta información a las madres sobre el tema de la epidural. No es suficiente que te pasen un papel en el que prestas tu consentimiento que firmas a toda pastilla y doblándote cada vez que llega una contracción.

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Salimos dos, volvimos tres.

Salimos dos, volvimos tres.

El siete de Marzo con un poco de retraso a la hora prevista por temas administrativas, ingresamos por fin en la planta de partos, muy  emocionados y sintiendo contracciones más intensas de lo habitual. A las 11 de la noche nos llevan a monitores y por orden de mi ginécologo me colocan en la vagina un medicamento que viene envuelto en un cordón de plastico que irá liberando sus efectos durante toda la noche. No puedo deciros el nombre del producto porque aunque me lo dijeron ni me acuerdo. El producto estaba destinado a producir contracciones en serie. En ese momento, yo sólo estaba dilatada en un centímetro. Conciliar el sueño esa noche fue imposible, el jaleo por el pasillo de enfermeras y el estar nuestra habitación pegada a la recepción de planta lo impiden.

A las 4 de la mañana, vuelven a bajarnos a monitores. Otra hora más. Apenas dilato. A partir de ese momento empiezan contracciones fuertes y dolorosas. Durante las tres horas siguientes los dolores se me hicieron insoportables. Busco posiciones de alivio, pero todo es inútil. Cambio de opinión y le digo a mi pareja que ya no quiero un parto vaginal sino una cesárea.

A las 7.30 me bajan a monitores. Agotada y dolorida tengo que aguantar las contracciones en una camilla. A las 8 de la mañana llega mi médico, fresco y descansado, dispuesto a ocuparse de nosotras. Me quita el medicamento (fuera cordón) y con un tacto comprueba que estoy dilatada de dos centímetros. Me dice que ahora nos toca descansar. Ingenua como soy pienso que las contracciones pararán, pero no, siguen progresando con más intensidad y ritmo

La pequeña sala de partos de la clínica está llena. Cuentan con un quirófano, dos salas de dilatación, y dos boxes para monitorizar. Deciden pasarme desde uno de ellos a la sala de dilatación. Ahí le digo al médico que no aguanto más, que llevo mas de 4 horas con dolores intensos y que necesito epidural.

El médico muestra su enfado. Demasiado pronto me dice, esto es un parto. Pero con contracciones que alcanzan los 127 yo ya me había dado cuenta. A las 9 de la mañana, una mujer anestesista acaba con mi dolor. Pero poco me dura la alegría porque a las 10 y 15 de la mañana vuelvo a sentir dolor intenso. Estoy de pie , doblada en un ángulo de 90 grados sobre la camilla. Cada vez que viene una contracción muevo las piernas intentando superarla. Hasta las 11 menos diez el médico no autoriza a la anestesista a dar un nuevo chute de epidural. Un nuevo tacto y sorpresa, en una hora he dilatado a 6 ó 7 centímetros.

A las 11 y media le digo a mi pareja que la dosis de epidural ha sido distinta, que no he descansado del dolor. Raro, porque la intensidad de las contracciones es muy baja, para causar tanto dolor. La médica que rondaba cerca nos oye. Son salas que solo están separadas por cortinas, sin intimidad ninguna. Se acerca y me pregunta, dónde siento dolor. ¿En los riñones? ¿En la espalda? Aquí le digo, señalando el pubis. Es una sensación dolorosísima. Eso no es una contracción, me dice, es la cabeza del bebé presionando el canal del parto. Le digo que necesito más, que no puedo aguantar. Ella me explica, que puede que me deje K.O para cooperar en el parto. Pido. Da.

El tercer chute me entumece el culo. Bajo de la camilla como puedo con la ayuda de mi pareja. Intento mover las piernas para recuperar el dominio. Oigo a mi médico metiendo bronca a la anestesista. Él no ha autorizado esa tercera dosis. ¡Esa mujer acabará en cesárea! grita. Ella le dice que yo se lo pedí, sin más. La respuesta de un colega a otro de igual categoría.

Y llega lo que me hubiera gustado evitar. Con el esfinter dormido y en una contracción, (vuelven a ser intensas, ya ni las miro), las heces salen sin control. Por suerte, llevo un pañal hospitalario porque a las ocho de la mañana rompí lo poco que quedaba de aguas. Mi pareja me ayuda allegar al baño.En realidad, hace más que eso, me limpia como a un bebé. Volvemos a la sala de dilatación.

El doctor nos había dicho que a las 12 haría otro tacto. Con el accidente, llegamos a las 12 y cuarto. Me tumbo en la camilla. Oímos la risa del doctor,¡Está naciendo! Alicia, asoma la cabeza. Algunas indicaciones más sobre como ponerme. Como coger aire y empujar. En tres pujos Alicia está fuera. Soy feliz. La tengo encima, puedo olerla y sentir su cuerpecito. 41 semanas y 3 días después tenemos a nuestra niña.

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